"¡Te vas a morir de hambre!, ¿me oís? ¡Es una carrera para vagabundos!"… palabras textuales que el almacenero Hyppolite Henri le gritaba enfurecido a su hijo, Henri Matisse, discusiones que al parecer se repitieron durante años y que solo podía mediar su madre. La amarga ironía es que el artista nunca saborearía el reconocimiento de su padre.
El que se considera líder del grupo al que denominaban <las fieras> vivió una infancia que nada tendría que ver con el uso de la materia y el color tan personales que mas tarde sería reconocido. Colores vitales y luminosos que paradójicamente no se correspondían con sus estados de ánimo. Matisse, que rompe con las tendencias predeterminadas en su tiempo, pinta su entorno… mismos escenarios que los impresionistas pero con distinta percepción y tratamientos.
Formas simplificadas, colores saturados, intensifica los colores salvajemente y estructura al máximo las composiciones basándose en muchos casos en temas literarios, sobre todo en ciertos poetas simbolistas, para él todo en el cuadro tiene un sentido, un concepto, todo lo que no supone algo en la obra, es superfluo.
Dentro de los colores y la síntesis de la forma, es característico en su cuadro los elementos decorativos algunos consecuencia de una fuerte influencia de los textiles de su infancia y dibujos de porcelana que dibujaba su madre, años mas tarde se convertirían en sus propios dibujos de arabescos y líneas.
Y así, visualizamos esta característica tan personal del artista, que recibiría una gran influencia de su viaje a España, en concreto llegaría hasta Granada, el 11 de diciembre de 1910, visitaría el Sacromonte y quedaría impresionado con la Alhambra, ….. “La Alhambra es una maravilla. Sentí allí una inmensa emoción” escrito que le enviaría el artista a su mujer Amélie desde la pensión en la que se hospedaba.
Ahora, 100 años mas tarde, regresa a la Alhambra, con un recorrido de 35 obras, que se dividen en cinco ámbitos “Lección de Oriente”, “El viaje a España: Matisse y la Alhambra”, “De Marruecos a Niza”, “Odalisca: paisaje interior” y “Luz y armonía” , al llegar se nos presenta una serie de dibujos, oleos, litografías y una escultura acompañados de fotografías históricas, cartas, postales, mantones y telares que nos sitúan en el mundo interior del artista.
Bodegones y naturalezas muertas nos sitúan en el tiempo, ofreciéndonos obras de su amigo y compañero de estudio Francisco Iturriño con quien compartiría residencia en el Hotel Cecil, en Sevilla. Esta sección de la exposición resulta un ámbito muy subjetivo, donde se respira la percepción de cada artista, la síntesis de los planos en la obra de cada uno, aunque resulta común, mantiene un punto distintivo en cada cuadro, en cada pincelada… en cada espacio de color donde se abre paso a la canalización y recepción del mismo, que se identifica de manera personal sujeto ala intuición de cada uno; de este modo aunque bodegones estáticos, son cuadros llenos de dinamismo y vitalidad.
A nivel personal, la sección mas interesante resulta ser la de litografía, donde nos imbuimos en un ambiente de romanticismo oriental, la sala que es puro reflejo de su pasión por el dibujo ya que para él a diferencia de la planificación que requiere su pintura, con el dibujo se deja llevar, a pesar de pasar ala historia por su especial uso del color, su serie de dibujos y gravados deja entrever su parte mas íntima y personal su especial cuidado e intimismo.



































